Inteligencia Artificial (IA)
La competencia entre EEUU y China en IA: clave del poder económico, militar y político
Paloma Firgaira
2026-01-04
5 min read
La inteligencia artificial se ha consolidado como un eje central en la competencia geopolítica global. A diferencia de revoluciones tecnológicas previas, la IA no solo impulsa la productividad o crea nuevos sectores, sino que redefine el equilibrio de poder económico, militar y político. Dominar su desarrollo significa controlar áreas clave como la automatización, la defensa, la vigilancia, la ciberseguridad y la influencia económica internacional.
La pugna por la supremacía en IA trasciende la innovación empresarial. Factores como la inversión, el control de la cadena de suministro, la regulación, la política industrial y el acceso a semiconductores avanzados son determinantes. En este escenario, Estados Unidos y China han adoptado estrategias distintas pero igualmente ambiciosas.
Estados Unidos lidera en inversión privada y desarrollo de modelos avanzados. Según el AI Index Report de la Universidad de Stanford, en 2024 la inversión privada en IA en EE. UU. superó los 100.000 millones de dólares, frente a menos de 15.000 millones en China. Más del 60% del capital riesgo global en IA se concentra en EE. UU., impulsado por gigantes tecnológicos y fondos especializados.
Este liderazgo se traduce en proyectos de gran escala. Empresas como Microsoft, Google, Amazon y Meta invierten más de 10.000 millones de dólares en centros de datos dedicados al entrenamiento de IA. Además, el proyecto Stargate, liderado por OpenAI junto a Oracle y SoftBank, busca crear una infraestructura de computación avanzada en suelo estadounidense para modelos de próxima generación.
China, en cambio, apuesta por una movilización masiva de recursos públicos. La IA es prioritaria en el New Generation Artificial Intelligence Development Plan y en los planes quinquenales. Según el CSIS y la OCDE, la inversión pública y cuasi-pública en IA, semiconductores y computación avanzada podría alcanzar entre 400.000 y 500.000 millones de dólares entre 2021 y 2030.
Estas inversiones no solo se destinan a investigación básica, sino también a empresas privadas seleccionadas, gobiernos locales y consorcios industriales, con el objetivo de reducir la dependencia tecnológica extranjera.
La regulación es un instrumento clave en esta rivalidad. En China, la normativa sobre IA favorece la industria local y restringe el uso de software extranjero en sectores estratégicos, imponiendo requisitos de certificación nacional, almacenamiento local de datos y estándares técnicos propios. Estas medidas se complementan con subvenciones, créditos y compras públicas, permitiendo a las empresas chinas competir con ventajas estructurales frente a rivales internacionales.
Un ejemplo es la regulación de la Cyberspace Administration of China (CAC) sobre servicios de recomendación algorítmica, que obligó a plataformas como TikTok a crear versiones separadas para el mercado chino (Douyin), con infraestructuras de datos independientes.
En respuesta, Estados Unidos ha utilizado controles comerciales como herramienta geopolítica, restringiendo la exportación de chips avanzados, equipos de litografía y software de diseño, limitando así el acceso de China a tecnologías críticas para la IA de alto rendimiento.
La batalla se centra especialmente en el hardware. La producción de chips avanzados está altamente concentrada en TSMC, la empresa taiwanesa que fabrica entre el 80% y el 90% de los semiconductores más sofisticados para IA. Esta concentración convierte a Taiwán en un punto geoestratégico crucial y en una fuente de vulnerabilidad para el sistema tecnológico global.
Para reducir esta dependencia, EE. UU. ha lanzado el CHIPS and Science Act, destinando 53.000 millones de dólares y generosos incentivos fiscales para atraer la fabricación avanzada. TSMC ya construye fábricas en Arizona, mientras Japón y Europa buscan alternativas, aunque la dependencia de Taiwán en los nodos más avanzados persistirá durante años.
China, por su parte, acelera el desarrollo de una industria de semiconductores propia, pero aún enfrenta limitaciones en tecnología de vanguardia, lo que frena sus aspiraciones en IA avanzada.
En este contexto, la competencia por la IA implica la formación de bloques tecnológicos. EE. UU. refuerza alianzas con Japón, Corea del Sur y Taiwán, integrando actores extranjeros en proyectos estratégicos. China impulsa consorcios nacionales y regionales para crear un ecosistema más autosuficiente, aunque menos conectado globalmente.
El pulso geopolítico de la IA también involucra actores menos visibles: operadores de centros de datos, proveedores energéticos, fabricantes de equipos de refrigeración, empresas de litografía y desarrolladores de software especializado. En China, destacan parques tecnológicos financiados por gobiernos locales; en EE. UU., consorcios público-privados gestionan infraestructuras críticas.
En definitiva, la IA ha dejado de ser solo un sector para convertirse en una infraestructura de poder. EE. UU. mantiene la ventaja en innovación y hardware, mientras China compensa con escala y una política industrial coordinada. Esta confrontación es estructural y tendrá profundas repercusiones en el comercio, la seguridad y el equilibrio económico global en las próximas décadas. Fuente: libertaddigital.com