Inteligencia Artificial (IA)
Tres perspectivas sobre la relación entre tecnología y libertad humana: ¿Quién controla el futuro?
Paloma Firgaira
2026-02-10
5 min read
La tecnología ha sido un componente esencial en la evolución humana, desde las primeras herramientas hasta los sistemas digitales actuales. La relación entre lo humano y lo técnico ha generado debates profundos sobre el impacto de la tecnología en nuestra libertad y autonomía. Desde el siglo XIX, estas discusiones se han centrado en cuánto influyen las tecnologías en nuestras vidas y si realmente somos libres al elegir cómo usarlas. Este artículo ofrece un análisis crítico de tres enfoques sobre esta cuestión, inspirados en el capítulo “Autonomy and Technology: from instrumentalism to technocomplexity” del libro Outonomy: Fleshing out the Concept of Autonomy Beyond the Individual (Springer, 2026).
El primer enfoque considera la tecnología como un simple instrumento bajo control humano. Frases como “las armas no matan, las personas matan” reflejan la idea de que los artefactos técnicos son neutrales y su valor depende del uso que les damos. Esta visión, con raíces en la Grecia clásica y consolidada en la Ilustración, sostiene que la autonomía humana es la base de la moralidad y la libertad, y que la tecnología es solo un medio para alcanzar fines determinados por la razón humana. Así, la responsabilidad ética recae exclusivamente en quienes diseñan y utilizan la tecnología.
Sin embargo, la industrialización del siglo XIX desafió esta perspectiva. El trabajo en fábricas mostró cómo la tecnología podía superar y alienar al individuo, convirtiendo a las personas en piezas de un engranaje mayor. Marx analizó cómo las tecnologías, controladas por la clase capitalista, condicionan las relaciones sociales y económicas, generando situaciones de explotación y heteronomía para la mayoría. En este contexto, la tecnología deja de ser una herramienta neutral y se convierte en un factor que determina la vida y la autonomía de los trabajadores.
En el siglo XX, autores como Jacques Ellul profundizaron en la idea de una tecnología autónoma. En su obra La Edad de la Técnica, Ellul argumenta que la sociedad moderna está regida por una “racionalidad tecnológica” orientada a la eficiencia, que subordina todos los aspectos de la vida a sus propias lógicas. La tecnología, según Ellul, se convierte en un sistema auto-mantenido y opaco, que absorbe la autonomía humana y transforma a las personas en medios para sus propios fines. Este “tecnoautonomismo” plantea que la técnica puede llegar a dominar y redefinir la existencia humana.
Hoy, la noción de autonomía tecnológica es común, especialmente con el auge de la inteligencia artificial. Se habla de sistemas “autónomos” capaces de operar sin intervención humana, como los vehículos sin conductor. Narrativas transhumanistas, como las de Ray Kurzweil, imaginan una fusión entre humanos e IA, mientras que otros, como Nick Bostrom, advierten sobre los riesgos de una superinteligencia desalineada con los intereses humanos. Estas visiones, aunque diversas, coinciden en señalar la creciente independencia de la tecnología respecto a la voluntad humana.
Ambas posturas —la tecnología como instrumento y como ente autónomo— resultan insuficientes para comprender la complejidad de la relación entre humanos y tecnología. Por un lado, reducir la tecnología a un medio neutral ignora su capacidad para estructurar comportamientos y formas sociales. Por otro, atribuirle autonomía total oscurece la posibilidad de intervenir y orientar su desarrollo. Por ello, desde finales del siglo XX, surge la perspectiva de la “tecnocomplejidad”, que reconoce la co-constitución de humanos y tecnología y la necesidad de nuevas formas de comprensión y acción ético-política.
La postfenomenología, por ejemplo, sostiene que la tecnología no solo media, sino que configura la intención humana. Autores como Don Ihde y Paul Verbeek muestran cómo diferentes tecnologías afectan nuestra percepción y acción de maneras diversas, desde herramientas que se integran en nuestro cuerpo hasta sistemas complejos como la IA, que desafían la distinción entre acción humana y mediación técnica. Así, la autonomía se vuelve una cuestión relacional y situada, en la que humanos y tecnologías co-participan en la construcción de la realidad.
Bruno Latour, en su obra Reensamblar lo social, propone pensar en redes de actores humanos y no humanos, donde la autonomía no es exclusiva de los individuos, sino resultado de relaciones interdependientes. Esto implica que la tecnología no es ni completamente neutral ni totalmente autónoma, sino parte de una ecología común que configura nuestras formas de vida.
Desde esta perspectiva, las políticas orientadas a la autonomía deben incluir la tecnología como elemento central del quehacer político. Siguiendo a Langdon Winner, es necesario democratizar el diseño y la gestión tecnológica, promoviendo modelos abiertos y participativos que respondan a las necesidades de las comunidades, especialmente de aquellas tradicionalmente marginadas. Plataformas como Decidim ejemplifican este enfoque, al fomentar la participación ciudadana en el desarrollo tecnológico.
El diseño tecnológico debe ser un proceso inclusivo y recursivo, donde las comunidades intervengan activamente en la creación y adaptación de las tecnologías que las afectan. Como plantea Sasha Constanza-Chock en Design Justice, esto implica transformar el diseño en un ejercicio de justicia y autonomía, en lugar de una imposición vertical.
Más allá del diseño, es fundamental repensar todo el ciclo de vida de las tecnologías, desde la identificación de problemas hasta el reciclaje y la reparación, incorporando la perspectiva de la responsabilidad distribuida entre diseñadores, usuarios e instituciones. Inspirados por Hans Jonas, debemos asumir un “imperativo de la responsabilidad” ampliado, que garantice la compatibilidad de las tecnologías con la vida humana y no humana, presente y futura.
Esta transformación requiere cuestionar no solo la tecnología, sino también el sistema social y económico en el que se inserta, especialmente el capitalismo, que tiende a reducir todo a su valor de cambio. Solo así la tecnología podrá ser mediadora de formas de vida más libres y justas. En un contexto de capitalismo tecnopolítico, es urgente abrir nuevos horizontes que permitan pensar y actuar de manera más autónoma y responsable en la complejidad de nuestro tiempo.
Fuente: elsaltodiario.com