En el corazón de la innovación tecnológica mundial, Silicon Valley y San Francisco marcan un ritmo laboral frenético. Allí, la cultura del '996' —trabajar de 9 a 21 horas, seis días a la semana— se ha extendido entre quienes buscan liderar la revolución de la inteligencia artificial. En este entorno de máxima exigencia, destaca el donostiarra Xabier Irizar Amuchastegui, de 27 años.
Desde San Francisco, Irizar persigue un objetivo que parece sacado de la ciencia ficción: lograr que los avatares digitales sean tan realistas que el ojo humano no pueda distinguirlos de una persona real, superando así el “test de Turing visual”. “Queremos que los avatares sean indistinguibles de los humanos”, explica Irizar desde la costa oeste de Estados Unidos.
Su trayectoria comenzó en el barrio de Aiete, en San Sebastián, y continuó en el Santo Tomás Lizeoa. A los 18 años, se trasladó a Alemania para estudiar Ciencias de la Ingeniería en la Universidad Técnica de Múnich (TUM), enfrentándose al reto de aprender alemán desde cero y dominar disciplinas complejas como la electrónica, la mecánica y la física. “El primer año fue especialmente duro porque tenía que traducir todos los apuntes para aprender el vocabulario”, recuerda.
Irizar no se limitó a los estudios. Adoptó la tradición alemana de combinar formación académica con experiencia práctica, participando en programas de intercambio en la Universidad de California en San Diego y colaborando en la fundación de TUM.ai, la mayor iniciativa estudiantil de IA de Alemania. También realizó prácticas en empresas de automatización logística, lo que le abrió las puertas a la Universidad de Harvard, donde investigó el movimiento humano aplicado a exoesqueletos.
Inspirado por películas como Iron Man, Irizar se interesó por la robótica y los exoesqueletos, soñando con tecnologías que permitan a las personas moverse con facilidad y levantar grandes pesos. Gracias a la Exponential Fellowship, una organización creada por Ignacio Moreno para apoyar a jóvenes talentos españoles en EE. UU., pudo gestionar su visado y dar el salto definitivo a la industria estadounidense.
Actualmente, Irizar es una figura clave en Canopy Labs, una startup de rápido crecimiento en la que fue el primer empleado y que ya cuenta con una quincena de profesionales. La empresa, fundada por jóvenes emprendedores y respaldada por inversores como Andreessen Horowitz, ha conseguido importantes rondas de financiación.
El reto técnico es enorme: mientras los modelos de lenguaje y voz han alcanzado un alto grado de naturalidad, la generación de rostros digitales sigue siendo un desafío. “Los humanos detectamos cualquier anomalía en los micromovimientos faciales”, señala Irizar, consciente de que la perfección en este campo aún está por alcanzarse.
Canopy Labs ya ha lanzado un modelo de voz de código abierto y ahora centra sus esfuerzos en la síntesis de avatares hiperrealistas. Su tecnología se dirige principalmente a empresas, permitiendo transformar textos en vídeos donde avatares digitales vocalizan los mensajes con precisión.
Sin embargo, la creación de réplicas humanas plantea importantes dilemas éticos. Irizar y su equipo han establecido límites claros: rechazan desarrollar avatares para funciones como “terapeutas” virtuales, conscientes de los riesgos para usuarios vulnerables. Además, controlan estrictamente a quién venden sus modelos y aplican filtros a los textos que los avatares pueden reproducir.
Todo esto ocurre en un contexto de “fiebre del oro” tecnológica, donde los ingenieros pueden alcanzar salarios superiores al medio millón de dólares, aunque sin garantías de estabilidad laboral. “En dos años, la startup o triunfa o desaparece”, resume Irizar, asumiendo la volatilidad del sector.
A pesar de la distancia, Irizar sigue de cerca los avances en Gipuzkoa, celebrando hitos como la llegada del ordenador cuántico de IBM a San Sebastián y el éxito de empresas como Multiverse Computing, que considera un ejemplo de la capacidad de Euskadi para liderar la innovación global.
Fuente: diariovasco.com