Inteligencia Artificial (IA)
Premio Nobel de Física recomienda ser fontanero para evitar la IA: economista advierte sobre los límites de esta estrategia a futuro
Gianro Compagno
2026-03-07
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Durante años se ha repetido que la inteligencia artificial (IA) amenaza principalmente los empleos de oficina, mientras que los oficios manuales parecían estar a salvo. Sin embargo, la llegada de la robótica plantea un nuevo escenario. Axelle Arquié, economista del Centro de Estudios Prospectivos e Información Internacional y directora del Observatorio de Empleos Amenazados y Emergentes, advierte que, aunque hoy los trabajos manuales resisten, a largo plazo tampoco estarán exentos del impacto tecnológico, según declaró en una entrevista a Le Monde.
La recomendación de Geoffrey Hinton, Nobel de Física 2024 y referente en IA, de “hacerse fontanero” para evitar la automatización, fue tomada como una broma, pero encierra una verdad temporal: primero llegará la IA, después la robótica, o ambas combinadas. La tendencia a crear robots antropomorfos no es solo por empatía, sino por su capacidad de adaptarse a entornos humanos y realizar tareas manuales, lo que amplía el alcance de la automatización.
Arquié alerta sobre el riesgo de una “catástrofe social” si no se mide adecuadamente el alcance de estos cambios. Recuerda que, aunque la revolución de internet destruyó empleos, también creó muchos otros, pero la IA representa un salto diferente: no es solo una herramienta, sino un agente capaz de reemplazar tareas completas.
El debate se intensificó tras las declaraciones de Mustafa Suleyman, responsable de Microsoft AI, quien afirmó que la mayoría de las tareas de oficina podrían ser reemplazadas por IA en los próximos dieciocho meses. Arquié pide cautela: los desarrolladores tienden a exagerar el potencial disruptivo, mientras que políticos y economistas suelen minimizar el riesgo. La transición, advierte, podría ser tan profunda como la Revolución Industrial, que tardó décadas en mejorar el nivel de vida general y causó graves costes sociales.
El economista Philippe Aghion sostiene que surgirán nuevos empleos, pero Arquié duda de que sean suficientes para compensar los perdidos. Ejemplos recientes, como la desindustrialización europea, muestran que la reconversión laboral no es automática ni sencilla.
La amenaza no es solo la desaparición de empleos, sino su transformación. Inspirándose en el sociólogo Juan Sebastian Carbonell, Arquié habla de “cadenas de montaje cognitivas”, donde las tareas se fragmentan: una parte la realiza la IA, otra el trabajador, relegando a los humanos a labores más rutinarias y menos creativas, lo que debilita su poder de negociación y reduce salarios.
Existe una visión optimista: la IA como herramienta para aumentar la productividad. Sin embargo, Arquié señala que muchas empresas preferirán sustituir a complementar, especialmente si la IA resulta más rentable y eficiente. Ejemplos como el sector legal, donde la IA puede redactar documentos y buscar jurisprudencia, ilustran esta tendencia.
A diferencia de la robotización industrial, la IA generativa puede asumir tareas no rutinarias propias de profesionales cualificados, lo que afecta empleos con altos salarios y contribución fiscal. Además, la IA agentica ya es capaz de ejecutar procesos completos con autonomía, acercándose a la última frontera de la sustitución laboral.
El principal obstáculo actual es la falta de explicabilidad: los modelos funcionan como cajas negras y aún cometen errores, aunque cada vez menos. Arquié recuerda que hace quince años los coches autónomos parecían imposibles, y hoy ya circulan en ciudades como San Francisco. La evolución técnica y la aceptación social avanzan rápidamente.
Muchos ven en los oficios manuales y la formación profesional una salida segura, ya que requieren improvisación ante situaciones nuevas, algo que la IA y la robótica aún no dominan. Pero Arquié advierte que, a largo plazo, la combinación de IA y robótica, especialmente con los avances en China, podría automatizar incluso estos trabajos.
Ante este panorama, la economista identifica dos grandes retos: la dependencia europea de tecnología extranjera y la necesidad de redistribuir la riqueza generada por la automatización, lo que podría llevar a debates sobre renta básica universal. Propone no frenar la innovación, sino capturar parte de esa riqueza para evitar una crisis social y democrática.
“La formación es necesaria, pero no suficiente”, concluye Arquié. El verdadero desafío es reorganizar la economía para que la revolución tecnológica no deje a millones atrás. El consejo de hacerse fontanero puede servir hoy, pero el debate real es cómo adaptar la sociedad a un futuro donde la tecnología redefine el trabajo. (Fuente: huffingtonpost.es)