Durante más de veinte años, la visibilidad en los motores de búsqueda ha estado marcada por dos grandes estrategias: el SEO (Search Engine Optimisation), que busca posicionar de forma orgánica, y el SEM (Search Engine Marketing), que lo hace mediante inversión publicitaria. Sin embargo, la irrupción de la Inteligencia Artificial está transformando este panorama y dando paso al GEO (Generative Engine Optimisation), una nueva disciplina que redefine cómo se accede a la información en la red.
Contrario a lo que muchos piensan, el SEO no nació con Google. Antes de que este gigante acaparara más del 90% del mercado, ya existían técnicas de optimización en buscadores como Lycos o AltaVista. No obstante, el dominio de Google y la evolución constante de su algoritmo han convertido al SEO en una disciplina compleja y en constante cambio.
El SEO tradicional se basa en optimizar sitios web para que los motores de búsqueda los posicionen mejor. Factores como enlaces internos, contenido original, etiquetas, velocidad de carga y seguridad HTTPS influyen en el ranking. Además, el uso estratégico de palabras clave ha sido fundamental, especialmente en el periodismo digital, donde la repetición de términos relevantes en titulares y textos puede marcar la diferencia en la visibilidad de una noticia. Sin embargo, esta práctica puede llevar a sacrificar la calidad periodística en favor de la optimización.
La complejidad del SEO ha dado lugar a la figura del especialista, cuyo trabajo puede determinar el éxito o fracaso de una web. Pero la llegada de la IA está cambiando las reglas del juego. Herramientas como ChatGPT, Gemini, Perplexity o Claude están modificando los hábitos de búsqueda, especialmente entre los jóvenes: según un estudio reciente, el 61% de la Generación Z y el 53% de los millennials ya prefieren estas soluciones de IA frente a los buscadores tradicionales. Las consultas, antes breves, ahora son más largas y detalladas, y el tiempo de interacción con la IA es mayor.
Este cambio tiene profundas implicaciones. Ahora, para que la IA reconozca y utilice el contenido, no basta con repetir palabras clave: es necesario estructurar la información de forma clara, con listas, datos, preguntas frecuentes y un lenguaje accesible. La IA no solo enlaza, sino que sintetiza y mezcla información de diversas fuentes, presentándola como propia aunque cite los orígenes.
En este contexto, conceptos como E-E-A-T (Experience, Expertise, Authoritativeness, Trustworthiness) cobran relevancia. Google ya aplicaba estos criterios para evaluar la calidad de los resultados, pero la IA los ha potenciado, valorando la experiencia y reputación del autor, así como la fiabilidad de las fuentes citadas.
El impacto económico también es notable. Los medios de comunicación están perdiendo tráfico, ya que la IA responde directamente a las consultas sin necesidad de que el usuario visite la web original. Esto puede afectar la credibilidad y la monetización de los contenidos, y plantea riesgos de desinformación, ya que la IA puede malinterpretar o descontextualizar la información, perdiéndose el control sobre el relato.
En este nuevo escenario, el éxito ya no se mide solo por el número de visitas, sino por la frecuencia con la que la IA referencia el contenido de una web. Las empresas buscan ahora posicionarse en las respuestas generadas por IA, incluso si el usuario no accede directamente a su sitio. Por ello, muchas están invirtiendo en expertos y herramientas de GEO para complementar sus estrategias de SEO. Según Dimension Market Research, se espera que el mercado del GEO alcance los 33.600 millones de dólares en 2034, frente a los 848 millones previstos para 2025, con un crecimiento anual del 50,5%. La influencia de la IA en la visibilidad digital es ya innegable.
(fuente: publico.es)