La irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito alimentario está transformando radicalmente la manera en que nos informamos y decidimos qué comer. Durante años, la conversación sobre alimentación se ha nutrido de recetas familiares, estudios científicos y creencias populares. Sin embargo, la IA se ha convertido en un actor clave, capaz de influir tanto positiva como negativamente en la percepción pública sobre los alimentos.
Actualmente, frases como “Si lo dice ChatGPT, será verdad” se han popularizado, otorgando a la IA un estatus de autoridad que puede resultar peligroso. Luis Martín, director de Digital Business y Soluciones de IA en LLYC, advirtió en Madrid Fusión que la IA no comprende la realidad, sino que genera respuestas basadas en probabilidades, lo que puede llevar a errores o desinformación.
El impacto de la IA en la desinformación alimentaria ya es tangible. Campañas contra productos específicos, como ocurrió con las fresas, han provocado caídas de ventas de hasta un 15%. Antes, este tipo de campañas requería grandes inversiones y planificación; hoy, la IA permite crear y difundir contenidos falsos de forma masiva y personalizada, acelerando la propagación de bulos.
La velocidad con la que se difunde la desinformación es otro desafío. Cuando se detecta una campaña, a menudo ya es tarde para contrarrestarla. Los mensajes alarmistas apelan a emociones como el miedo o la culpa, y una vez instaurados, son difíciles de desmontar con datos objetivos.
El riesgo es aún mayor entre los jóvenes, para quienes redes sociales como Instagram, TikTok o la propia IA son fuentes principales de información. Sin hábitos de lectura crítica ni referencias previas, el margen para cuestionar lo que se consume es mínimo. “El espíritu crítico se forma leyendo”, insiste Martín. Sin ese entrenamiento, la IA deja de ser una herramienta y se convierte en un atajo que sustituye el pensamiento propio.
Las redes sociales han sido durante años el campo de batalla de la reputación alimentaria, pero ahora la influencia de la IA es comparable a la de los motores de búsqueda. Lo que una IA dice sobre un producto o marca puede tener tanto peso como lo que aparece en Google.
Para las marcas, ya no basta con reaccionar: es imprescindible anticiparse, monitorizar qué aprende la IA y de qué fuentes se alimenta. Como ocurrió con el SEO en los años 2000, quienes no se adapten a tiempo quedarán rezagados.
La regulación de la IA es compleja, ya que los modelos son opacos y es imposible controlar todas las fuentes de entrenamiento. Por ello, la responsabilidad recae en usuarios, marcas y medios. Es fundamental verificar la información, contrastar fuentes y no compartir datos sin confirmar su veracidad.
A pesar de los riesgos, la IA también puede ser una aliada en la creatividad gastronómica. Aunque no tiene sentidos, puede combinar ideas, técnicas y culturas, enriqueciendo la innovación en la cocina. La clave está en utilizar la IA con criterio y no delegar en ella el pensamiento crítico.
“La IA nos ayuda a pensar mejor”, concluye Martín, siempre que mantengamos el control y no le otorguemos una confianza ciega. Una mente creativa apoyada por IA puede alcanzar nuevas cotas, pero solo si conserva la capacidad de análisis y decisión.
Fuente: elespanol.com